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La historia de
La Oreja de Van Gogh
está marcada por los records, las cifras, los logros y el “más
difícil todavía”. En pocos casos un grupo alcanza el éxito de forma
tan inmediata y mantiene su popularidad intacta durante más de 11
años de carrera. Y lo que es más difícil, sólo una formación sólida
sale airosa del abandono de su vocalista. Quizá ahora es cuando
La Oreja de Van Gogh
se enfrenta al reto más ambicioso de toda su carrera… volver a empezar
bajo la mirada inquisitiva de público y crítica siempre proclive a
la comparación.
Pero como viene siendo una constante durante todos estos años,
contra todo pronóstico los donostiarras no sólo han superado el
trauma de la escisión si no que han salido reforzados, con una
creatividad desbordante y una frescura que recuerda la de sus primeros
años.
Son muchas las biografías publicadas sobre el grupo, desde los
orígenes tocando en el bar de Fermín El Moro, pasando por los dos
concursos Pop-Rock Ciudad de San Sebastián, y acabando con las
inacabables giras por Latinoamérica. Historias que comienzan un
verano escribiendo canciones para presentar a Sony - a costa de
horas de local robadas al sol y la playa- que pasarían luego a
formar parte del primer repertorio de la banda. “El 28”, “Dile al
sol”, “Cuéntame al oido”…. fueron su tarjeta de presentación ante un
público ávido por aquel entonces de bandas de garaje que compusieran
sus temas, necesitados de grupos con identidad propia y deseosos de
una voz original y fácilmente identificable. Se puede decir que
La
Oreja de Van Gogh
llegó en el momento adecuado y ocupó el vacío existente en aquel
momento dentro del panorama pop de nuestro país. Las 850.000 copias
vendidas de
Dile al sol
los subieron a la cima de la que, a día de hoy, aún no han bajado.
Alejo Stivel produjo aquel primer disco de unos niños de apenas 20
años que llegaban a la capital procedentes de Donosti, que a pesar
de ser tan regia como cosmopolita, no dejaba de ser una pequeña
ciudad de provincias. De la noche a la mañana aprendieron lo que era
un estudio, un productor, un sampler, un plan de promoción y un
disco de oro.
De repente llegan los premios, los halagos, las buenas críticas y
los aluviones de fans. Aviones, hoteles y recintos se convierten en
su paisaje cotidiano además de entrevistas, radios y teles. Un ritmo
frenético que apenas podían compaginar con estudios, amigos y
familia. Sin casi darse cuenta estaban grabando su segundo álbum y
quizás el más aclamado entre sus fieles hasta la fecha:
El Viaje de Copperpot.
Suele decirse que el segundo disco es el decisivo para la
consolidación de un grupo… En este caso este segundo álbum no sólo
consolidó a La Oreja de Van Gogh - vendió 1.800.000 copias - sino
que descubrió la prolífica faceta compositiva de Xabi San Martín y
Pablo Benegas como autores de la mayoría de los temas emblema del
grupo desde entonces hasta la fecha. El Viaje de Copperpot es el
álbum que mejor representa el “sonido
oreja”,
ese estilo tan personal que hace fácilmente reconocibles las
canciones de la banda. Es un álbum de pequeñas joyas de 3 minutos de
duración, donde la inocencia y la frescura te provocan una sonrisa
por inercia, donde el amor y el desamor de la primera juventud es el
tema que sobrevuela como la mariposa de la canción.
Y con el tercero llegó la locura…2.000.000 de copias vendidas de
Lo
que te conté mientras te hacías la dormida.
El largo título del tercer álbum trajo consigo firmas de discos tan
interminables como él, legiones de fans, giras mastodónticas, el
asalto al continente americano donde se convirtieron en auténticos
ídolos de masas, provocando verdadera locura entre millones de
latinos que descubrían el “sonido oreja” a ambos lados del
Atlántico. Es el disco de “Rosas”, “Puedes contar conmigo”, “Deseos
de cosas imposibles”, “20 de enero”…. ¿Quién no sabe tararear alguna
de estas canciones?… Canciones que ya forman parte del imaginario
colectivo de nuestro país y que al otro lado del charco casi
constituyen himnos a corear en un estadio. Cada una de los temas es
como un susurro al oído, una historia contada no sin cierto aire de
pesimismo, como sin la candidez del primer amor hubiese dado paso al
desencanto de las primeras rupturas. Mimado hasta el último detalle,
melodías, letras, arreglos y coros forman un todo compacto, quizás
su disco más completo hasta la fecha.
Guapa
es la historia de quien no se da por vencido en el maravilloso mundo
de encontrarse a uno mismo, de quien acepta cumplir años y seguir
teniendo miedos, de quien llena la almohada de inseguridades pero al
levantarse siempre hace la cama, de quien sonríe de verdad y como
antes sin darse cuenta de quien consigue que lo que quiere y lo que
le apetece hagan las paces, de quien hace del tiempo un aliado
sigiloso que, cada mañana y frente al espejo del alma, le hará
sentirse cada vez un poco
más guapa.
Con Guapa y Más Guapa se cerraba un ciclo y se abría uno nuevo… sin
saberlo. Si en el anterior disco las protagonistas indiscutibles
eran las canciones, en Guapa destaca la cuidada producción de Nigel
Walker. Es un disco para descubrir poco a poco, un disco de pequeños
detalles, como las carismáticas guitarras que surcan la mayoría de
temas del disco, la sublime línea de bajo de “Muñeca de trapo” o la
emotiva letra de “Noche”. De la mano de Guapa vino el Grammy Latino
como broche de oro a toda una década de éxitos, momento de inflexión
para volver a los orígenes con Más Guapa. Las maquetas que habían
quedado guardadas en un cajón durante años veían la luz por primera
vez para deleite de los miles de seguidores del gupo. De aquí se
extrajo como único single “En mi lado del sofá”, un potente tema con
letra de Pablo que refleja la espera incondicional por amor.
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